Visión del contexto a comienzos del siglo XXI

FUHEM es consciente de que su Proyecto se desarrolla en un contexto plagado de incertidumbres, en el que los distintos componentes se influyen e interrelacionan dando lugar a una situación que no es posible obviar si se quiere entender el mundo que habitamos y educar integralmente a personas críticas, autónomas y capaces de afrontar, con inteligencia y humanidad, estos momentos de cambio acelerado.

Somos herederos de una trayectoria larga y contradictoria en la que muchas evoluciones se asocian a la idea de progreso. Pero en los inicios del siglo XXI, nuestras sociedades atraviesan un momento histórico que cuestiona el paradigma que ha dominado desde el inicio de la Modernidad. La mundialización del capitalismo, el crecimiento demográfico y la revolución tecnológica en el ámbito de la información y la comunicación han desencadenado una expansión ilimitada del deseo de consumo y de las demandas económicas que ha provocado un aumento enorme de la presión sobre los recursos de la naturaleza, la alteración profunda de los ciclos naturales y la superación de los límites físicos del planeta. Puede decirse que los seres humanos hemos llenado el planeta que habitamos.

En un mundo marcado por la desigualdad, coexisten la abundancia y las carencias más extremas, con millones de personas sin los medios suficientes para desarrollar sus capacidades y vivir en libertad. Las sociedades presentan importantes contradicciones: interpersonales, de clase, género, entre grupos sociales híbridos, pueblos, etnias, religiones, culturas y civilizaciones. Las diversas manifestaciones de estas tensiones están interconectadas y apuntan a un conflicto sistémico entre la organización socioeconómica y las bases materiales y relacionales que sostienen la vida humana.

La forma en la que las personas se relacionan entre sí y con la naturaleza en nuestras sociedades dificulta la posibilidad de construir sociedades igualitarias en la diversidad. El desarrollo económico se ha construido bajo la fórmula de un patrón uniforme. Pero las sociedades humanas siempre han sido diversas. La diversidad está asociada a la persona, a la cultura, a la religión, al género y orientación sexual y a la clase social, entre otros aspectos, y, en la fase actual, ha incorporado nuevas dimensiones provenientes de las desiguales relaciones con la naturaleza, del acceso a las tecnologías de la información y la comunicación y de la aceleración del proceso de mundialización, al tiempo que siguen vivas distintas relaciones de poder, y, en particular, la opresión patriarcal, la explotación social y las pulsiones xenófobas.

La secular tensión entre seguridad, equidad y libertad toma en el mundo actual rasgos específicos. Los valores de justicia, autonomía, bienestar o libertad adquieren nuevos significados. En los países que se consideran desarrollados se ha producido desde finales del siglo XX una profunda involución que aumenta la desigualdad y cuestiona derechos sociales adquiridos y erosiona la democracia. A escala mundial siguen vivos mecanismos de explotación, de viejo y nuevo tipo, y en muchos países las necesidades básicas no están cubiertas, la democracia es inexistente o precaria y las formas de convivencia alientan el conflicto, la exclusión y la pobreza. Tal vez por ello, la incertidumbre de la crisis global coincide con la emergencia de manifestaciones ciudadanas que buscan soluciones a los problemas de sostenibilidad, equidad y democracia, que reflexionan sobre los problemas que afrontamos y sobre el diseño de nuevos contratos sociales en los que quepamos todos. En muchos ámbitos se indaga sobre lo que podría ser una vida buena, sobre modelos alternativos de convivencia y cohesión social, sobre la articulación de sociedades equitativas y diversas o sobre la reconversión hacia modelos socioeconómicos justos y compatibles con la dinámica de la naturaleza. Una búsqueda que también forma parte de la actividad sustantiva de FUHEM.

En conjunto, nos enfrentamos con un futuro incierto, en el que no podemos pensar que vaya a ser viable la prolongación de las nociones y las prácticas que han marcado la edad moderna, por lo que es previsible que las personas y las sociedades tengan que afrontar cambios profundos en planos diversos, si quieren conservar y desarrollar una vida personal y social dignas, sin que tampoco dispongan de un tiempo ilimitado para hacerlo.

Los seres humanos y la humanidad en su conjunto estamos en el origen de los principales problemas de esta etapa histórica. Tal vez por ello, cuanto más grave es la realidad, tanto más necesario es que la educación aporte respuestas de un modo lúcido, creativo, responsable y comprometido. En un mundo que tiende a deshumanizarse en aras de una supuesta rentabilidad, la ética del cuidado a uno mismo, a los otros y al entorno, se convierte en un objetivo educativo imprescindible.

 

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